I
Hay ciertas cosas que dependen de nosotros mismos, como la opinión, la inclinación, los deseos, la aversión, y en una palabra, todas nuestras operaciones. Otras hay también que no dependen, como el cuerpo, las riquezas, la reputación, los imperios, y finalmente, todo aquello que no es de nuestra operación.
II
Lo que depende de nosotros es libre por su naturaleza, y no puede ser impedido ni forzado de ningún hombre; y al contrario, lo que no depende de nosotros es servil, despreciable y sujeto al ajeno poder.
III
Acuérdate, pues, que si juzgas por libre y tuyo lo que de su naturaleza es servil y sujeto al poder ajeno, hallarás muy grandes inconvenientes, y te verás confuso en todos tus designios y expuesto a mil molestias, y al fin acusarás a los dioses y a los hombres de tu infortunio. Y si, al contrario, creyeres ser tuyo solamente lo que de verdad te pertenece, y supieres considerar como externo o extranjero lo que en efecto lo es, cierto que nada será capaz ni bastante para desviarte de lo que te hayas propuesto hacer; que no emprenderás cosa alguna que te pese; que no acusarás a nadie, ni murmurarás; que ninguno te ofenderá; que no tendrás enemigos, ni padecerás jamás un mínimo desplacer.
IV
Si deseas, pues, tan grandes bienes, sabe que no basta desearlos tibiamente para obtenerlos, sino que te conviene evitar del todo algunas cosas y privarte de otras por algún tiempo. Porque si (no contento con lo que posees) tienes ambición de entrar en cargos y de amontonar riquezas, acuérdate que perderás absolutamente los medios verdaderos de granjear la libertad y la felicidad; y también podrá ser que quedes frustrado de lo que pretendes con tanta pasión.
V
Cuando se te ofrece algún objeto enojoso, acostúmbrate a decir en ti mismo que no es lo que parece, sino pura imaginación. Luego que hayas hecho esta reflexión, examina el objeto por las reglas que ya tienes para ello. Considera si es cosa que depende de ti; porque si no depende, dirás que no te toca.
VI
Advierte que el fin del desear es obtener lo que se desea, y el fin de la aversión es huir de lo que se pretende evitar. Y como es desdichado el que se ve frustrado de lo que desea, así es miserable el que cae en lo que más piensa evitar. Por lo cual, si tienes aversión solamente de lo que depende de ti (como las falsas opiniones), asegúrate que no caerás jamás en lo que aborreces. Pero si tienes aversión de lo que no depende de ti (como son las enfermedades, la muerte y la pobreza), no dudes que serás miserable, pues que no las puedes evitar, y que has de caer infaliblemente en ellas.